Al referirnos al intrincado asunto de las RELACIONES INTERPERSONALES y el difícil arte de la CONVIVENCIA, tenemos que abordar la paradoja eterna del individuo humano, su fidelidad a sí mismo vs. su eventual apertura al otro.
El concepto griego de PERSONA como MÁSCARA, permite comprender la dialéctica de esta partícular disyuntiva, expresada en un lenguaje más preciso como el dilema entre SER EN - SI y SER COMO - SI, entre identidad de si e identidad del rol, entre FACTICIDAD y TRASCENDENCIA.
En el teatro el actor debía representar un papel recreado a través de una MÁSCARA, y en dicha dinámica de su actuación, el actor es él mismo y al mismo tiempo el personaje representado, por lo que la máscara representaba esta particular DUALIDAD entre ser si mismo y ser al mismo tiempo el lo que se actúa. “Mientras más sea el actor el personaje representado, menos será él mismo, y a la inversa, si se le nota demasiado su si – mismo se nos perderá el perfil del personaje.” (Dorr Zegers, 1994).
Esta situación extrema del actor de teatro se da permanentemente en la vida real, porque jamás el hombre podrá tener una identidad absoluta al modo de ser de las cosas, las cuales se distinguen por su total igualdad e identidad consigo mismas.
El ser del hombre está distendido entre un ser – para – sí o facticidad (o en otra terminología “identidad de yo”) y un ser – para – el – otro, un rol. Sartre (1966) caracterizó esta situación, en su libro el ser y la nada, con una doble negación: “Se es lo que no se es y no se es lo que se es”. Kraus (1985) señala que “jamás podremos retirarnos hacia un ser substancializado con una identidad cósica, por cuanto una diferencia ontológica fundamental nos impide ser absolutamente idénticos con nuestro respectivo rol (y aun) con nuestros valores y sentimientos”.
Es por ello que la experiencia de ser si mismos, implica el conflicto consecuente en lo que somos al momento de relacionarnos con los demás, y desarrollar los correspondientes roles que exige cada relación interpersonal.
Las RELACIONES INTERPERSONALES y la COMUNICABILIDAD significan así el inevitable desafío de la cotidianidad, y su dialéctica con la propia identidad, la oportunidad de configuración dinámica de la vida psicológica de los individuos a través de las comunidades, y de las comunidades por los individuos.
Emerge así la tarea fundamental de la convivencia humana: la posibilidad de diálogo y entendimiento entre los individuos que comprometen sus singularidades en un contexto común y sus correspondientes ámbitos sociales.
La EMPATÍA es una experiencia de conocimiento analógico en el que objetos diferentes se ligan, unifican por una semejanza de relaciones. La analogía supone SEMEJANZA más no IDENTIDAD, por tanto en la analogía interviene un proceso exploratorio y unificador interior capaz de suscitar perspectivas de conjunto y relaciones armónicas como en la música, a pesar de la diferencia. (Durán, 2007)
¿CUÁL ES EL LUGAR DE LA EMPATÍA EN EL DIÁLOGO? La empatía facilita e indica en qué sentido puede dirigirse la escucha en el acto comunicativo.
La empatía enmarcada en un contexto dialógico, ha de comprenderse a partir de la relación entre los mundos subjetivos organizados de forma particular. Cada participante de esta relación posee unos patrones singulares que orientan sus experiencias, sin que sean advertidas por ellos de forma explícita.
Para Winnicott (1962), la capacidad para comunicarse está estrechamente ligada al establecimiento de las relaciones objetales, y la capacidad para relacionarse con los otros no es exclusivamente una cuestión de simple proceso de maduración, ya que ésta depende de la calidad de un ambiente facilitador. Cuando la escena no es dominada ni por la privación, ni por la deprivación psicoafectiva, los procesos esenciales básicos para la relación objetal suceden de forma natural. Pero cuando las condiciones relacionales mínimas para el devenir del ser no son favorables, aparecen tensiones exageradas, actividades defensivas y las consecuentes incapacidades para la relación y el diálogo con otros. El DIÁLOGO comporta la RELACIÓN y el LOGOS, de ahí su significado etimológico: diá (a través de, de un lado a otro) y lógos (razón, palabra). Dialogar es hablar a través de.
La incapacidad para el diálogo es la imposibilidad para la apertura del ser a los demás y el desconocimiento del otro como un INTERLOCUTOR válido. Dicha incapacidad constituye un serio obstáculo para quienes se sienten extraños a su mundo, incapaces de participar en una relación personal: la temida sensación de no pertenecer a, de estar INCOMUNICADOS, de tal forma que estos individuos se mantienen en un MONÓLOGO ininterrumpido e improductivo, conducidos al estrechamiento de su propio aislamiento. El precio del ensimismamiento es la angustia existencial de sentir intensas necesidades, pero se teme a la gente y se aleja de ella. “Pero en el diálogo impera siempre un espíritu, malo o bueno, un espíritu de endurecimiento y paralización o un espíritu de comunicación y de intercambio fluido entre el yo y el tú” (Gadamer 1992).
El monólogo excesivo rigidiza el ser de tal forma que se pierde la creatividad, la capacidad lúdica y el sentido del humor. La persona casi que habita exclusivamente en su propio pensar, estrechando los horizontes de su COMPRENSIÓN del mundo. La CONVERSACIÓN, la apertura dialógica posee en sí misma una FUERZA TRANSFORMADORA, nos queda algo del otro y algo nuestro queda en él. (Durán, 1997).
Para Heidegger el lenguaje es la casa del ser y el lugar primero donde acontece la verdad. El conocimiento de nosotros mismos y del mundo implica siempre el lenguaje, un LENGUAJE COMÚN. Sin embargo, el lenguaje sólo alcanza su plena realización cuando existe el diálogo, la CONVERSACIÓN.
En el diálogo los interlocutores se insertan en un mundo lingüístico común, lo cual no significa IDENTIDAD DISCURSIVA puesto que el DESACUERDO también puede ocurrir en este tipo de relación. Al hablar de un espacio lingüístico común nos remitimos a ese espacio relacional, la esfera del “entre”, porque está efectivamente entre un yo y un tú, una dimensión interpersonal, a la que sólo el yo y el tú tienen acceso, tal como Winnicott comprendió la NOCIÓN DE JUEGO como espacio potencial. En este sentido Gadamer (1992) escribió “el habla no pertenece a la esfera del yo, sino a la esfera del nosotros” (p. 150). Los que dialogan salen de sus mundos privados buscando la intimidad y la confidencia de la relación como único medio para humanizarse, personalizarse, es decir, crecer como personas y esto sólo se logra a través de la pregunta y la respuesta. Platón ponía de manifiesto que el diálogo era la condición imprescindible para llegar a la verdad, la VERDAD como CREACIÓN COMÚN. La peculiaridad de la pregunta en la psicoterapia es que nos permite descubrir que lo que creíamos saber no lo sabemos y esto es dilucidado porque existe otro que me interroga, al mismo tiempo que las respuestas se descubren en el decir y el dejarse decir. (Durán, 1997).
Durán, N. (2007). La Empatía como condición de posibilidad de la Relación Terapéutica, en HUMANITAS: Revista Latinoamericana de Psicología Humanista – Existencial. CLAPCOM y Universidad de San Buenaventura de Cartagena.
Dorr, O. (1994). Psiquiatría Antropológica. Santiago: Editorial Universitaria
Gadamer, H. G. (1993). Verdad y Método. Salamanca: Sígueme
Kraus, A. (1987). Comparación fenomenológica entre la estructura de la histeria y la melancolía, en Psiquiatría Antropológica, D. Barcia. Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Murcia.
Sartre, J. P. (1966). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada
Winnicott, D. (1962). El desarrollo de la capacidad de preocuparse por el otro. Barcelona: Paidós



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